Anoche regresé al Teatro Lara y no, no fue en sueños como en Manderley.

Después de la mala experiencia en el Teatro Lara con Malas hierbas (y aclaro: nunca en lo artístico, donde se dio una coyuntura encomiable de profesionales que aman su trabajo; se trató de una gestión nefasta por parte de producción del teatro), la verdad es que no había vuelto a pisar el Teatro Lara, con excepción del estreno de Exhumación en el que tenía y quería estar sí o sí apoyando a Carmen Mayordomo, Gabriel Moreno e Iván Ugalde.

Anoche fui con Joan a ver Divorcio de Gustavo Ott. Actúa de nuevo Iván acompañado de Arlette Torres en un tête-à-tête a muerte dirigido con pulso magistral Consuelo Trum. No sé por qué me evocó Desesperación, la película de Rainer Werner Fassbinder con guion de Tom Stoppard a partir de la novela homónima de Vladimir Nabokov. Qué dos personajes más tétricos habitan este Divorcio, tan poblados de sombras y ansias por sobrevivir: sobrevivir a pesar de todo y a pesar de uno mismo. En la intimidad se revelan los monstruos y en este cuarto de baño que recrea Coraje Teatro se celebra un aquelarre.

La primera vez que supe de Consuelo fue en 2018, firmaba la dirección en Caracas de Muere, Numancia, muere, una tragedia que me ha dado siempre grandes alegrías. Cómo es el teatro, hay que ver. Quién iba a decirme en 2018 que en menos de un mes estaré volando hacia Caracas por primera vez en mi vida para conocer en persona a casi una veintena de dramaturgos y dramaturgas venezolanos con los cuales ya estamos trabajando en nuevos textos y, como colofón, podré asistir no a uno sino a dos estrenos de obras propias en Trasnocho Cultural. El teatro es mi territorio... ¡y no conoce fronteras!